En un espectáculo de magia, implícitamente existe un pacto entre el público y el mago. La audiencia sabe que todo es una ilusión, que lo que parece imposible es, en realidad, un engaño a los sentidos; pero, aún así, acude al evento, paga la entrada y hasta aplaude si se siente bien engañada, es decir, si el mago hizo bien el truco.
En cierta medida, la democracia también funciona así. Una inmensa puesta en escena donde pactamos de antemano quién nos representará, eligiéndolo con nuestro voto mientras fingimos no saber que en realidad, los funcionarios electos se deben a quienes aportaron el dinero para costear la campaña que hizo posible el engaño. Aún así –como Churchill–, creemos en la democracia porque “es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han probado de vez en cuando”.
El problema pues, no es que el mago haga magia; o sea, que nos ilusione con una realidad que no es cierta. El problema es que se le vea el refajo. Cuando sabemos cómo funciona el truco, el show deja de ser una diversión y se convierte en un engaño. De ahí a la indignación, protestas, y hasta pedir el reembolso del dinero pagado, hay sólo un paso.
Pasa lo mismo con el espectáculo de mal gusto montado en el congreso en torno al Código Penal, innecesario por demás. No se trata de hacer mea culpa de último minuto (y menos si son los hechos los que fuerzan la admisión de la falta, como salida diplomática a la crisis); ni de repartir omisiones o tardanzas. Se trata de que a semanas de que entre en vigencia el nuevo Código Penal –03 de agosto–, nos veamos en la necesidad de zarandearlo de arriba a abajo de nuevo, porque, sin importar las razones que sea, eso es incorrecto.
Ya sea porque el proceso de génesis que culminó con la promulgación de la ley 74-25 no fue lo suficientemente amplio, debatido o consensuado; porque desperdiciamos la vacatio legis; o bien porque, a vísperas de su entrada en vigencia y sólo bajo presión mediática (que no jurídica), gobierno y congreso se ven en la obligación de hacer como que no, pero que sí. Mientras uno manda correcciones puntuales, el otro recibe todo lo que le manden, a sabiendas de que la capacidad de lectura, análisis, discusión y votación de todas es ellas es, humanamente limitada, y de que los tiempos son los tiempos… y se acaban
Las ironías del destino son crueles. El gobierno está decido a tener su Código Penal en esta legislatura (uno que contó con la aprobación de legisladores gobiernistas y opositores), pero ahora debe hacer magia sin que se le vea el truco. Sin poder usar las tres causales, está obligado a parir un Código Penal que bien no ha nacido, y ya presenta problemas.