Así como Versalles no sería Versalles sin los jardines, hoy día sería inconcebible el diseño, construcción y entrega de cualquier obra pública o privada sin un componente de paisajismo.
El problema radica en el criterio para diseñar y ejecutar el paisajismo en cuestión. Es decir, ¿qué prima cuando se conceptualiza?, ¿cuáles especies son apropiadas para tal o cual lugar?, ¿quién lo decide?, ¿el ingeniero, el arquitecto, el paisajista o el contratista?, ¿qué se privilegia, funcionalidad o estética?, y, lo más importante: ¿cuál es la obsesión con la Palma Real, o, en su defecto, la Palma Cana?
Los constructores dominicanos tienen una fijación con las palmas, y, aunque hay razones prácticas, técnicas y financieras para justificar su elección frente a árboles de copa ancha (esbeltez, porte limpio, nula obstrucción visual, sistema radicular no destructivo, alta tasa de supervivencia, resistencia frente a huracanes, etc.), cabe preguntarse si aparte de sus bondades y el hecho de que pueden entregarse “listas” el mismo día de inauguración de la obra (o el buen negocio que las mismas suponen), hay un sustrato trujillista al momento de decorar obras públicas de toda índole.
Lo que duele no es sólo esa obsesión fálica que tienen algunos de sembrar palmas en terrenos inapropiados, sin sustratos adecuados, violentando su marco de plantación, etc.; también es el hacerlo con una especie que no da sombra y que en poco contribuye a disminuir la huella térmica de una ciudad que el Calentamiento Global hace más caliente, por no hablar de hacerlo bajo esquemas de entrega llave en mano que descargan de responsabilidad al contratista de garantizar que “prenda” la mata, de tal suerte que una vez entregada la obra, a Dios que reparta suerte.
En los hechos, esto se traduce en ciudades más calientes y grandes construcciones del gobierno cuya jardinería es horrible, disfuncional, cuando no es inexistente. Para muestra, la Línea 2-C del metro es un perfecto ejemplo en cómo botar dinero en disparates, o lo que es mismo, en palmas que cinco meses después de su inauguración, proyectan un paisajismo brutalista, pero no por el brutalismo soviético, sino por la brutalidad con que fueron sembradas, a juzgar por los secos, moribundos y aislados resultados. Toda la línea parece un cementerio de palmas (¿a US 1,000 cada una?) devoradas por un mar de malezas.
¿Quién fue el responsable de la selección?, ¿del marco de plantación?, ¿del reguío?, ¿de hacer calicatas para que las raíces no crecieran entre escombros, y agregados? Sirvieron para cortar una cinta, tirar una foto y poco más… Mientras, toda esa jardinería, como la de muchas obras públicas, constituye una vergüenza.
Sugerencia: MOPC y demás instancias responsables de construcciones de obras públicas, deberían reforzar y unificar los instrumentos, criterios y lineamientos de planificación, ejecución y supervisión de esa parte importante del proceso constructivo, para dejar atrás esas malas prácticas y lograr infraestructuras más verdes, hermosas y amigables.