La “trampa de Tucídides” se ha convertido en un marco popular para entender las relaciones entre Estados Unidos y China. Su lógica es simple: cuando una potencia en ascenso desafía a una potencia establecida, aumentan el temor y la desconfianza, haciendo que el conflicto sea cada vez más difícil de evitar. Durante la última década, el presidente chino Xi Jinping ha invocado repetidamente este concepto, claramente estadounidense, para enmarcar la rivalidad de su país con Estados Unidos.
Es inusual que un líder comunista chino utilice un marco creado en Estados Unidos para aleccionar a un presidente estadounidense, pero eso es precisamente lo que ocurrió durante la cumbre de Xi y Donald Trump en Pekín, en mayo. La trampa de Tucídides resulta particularmente útil para Xi porque presenta a China como la “potencia en ascenso” natural, a Estados Unidos como la potencia establecida y preocupada, y la falta de disposición de los responsables políticos estadounidenses a aceptar el ascenso de China como la principal fuente de tensión.
Este planteamiento también cumple un propósito más profundo. Desvía la atención de la naturaleza del sistema político chino y lleva al mundo a considerar las relaciones entre Estados Unidos y China principalmente como una rivalidad entre grandes potencias, en lugar de una competencia entre sistemas políticos radicalmente diferentes. Pero la pregunta más importante no es simplemente si China está en ascenso; es qué tipo de sistema está ascendiendo.
Mi libro Institutional Genes: Origins of China’s Institutions and Totalitarianism ofrece una respuesta a esta pregunta. La China contemporánea, sostengo, se entiende mejor como un sistema comunista totalitario con características chinas. Reconocer la naturaleza de ese sistema es esencial para comprender el pasado de China y anticipar su futuro.
Es importante señalar que “totalitario” no es una etiqueta peyorativa. Describe una estructura institucional particular. Si China es vista simplemente como una potencia en ascenso, el desafío parece ser una cuestión de competencia entre grandes potencias, lo que invita a la acomodación y al compromiso. Si se la considera un régimen estrictamente autoritario, el problema es la represión política, y una reforma gradual podría ofrecer una posible solución. Pero si China es un sistema comunista totalitario, entonces su estructura institucional interna necesariamente determina su comportamiento exterior, con profundas implicaciones para su papel dentro del orden internacional.
La distinción entre totalitarismo y autoritarismo no es simplemente semántica. Un partido totalitario no es un partido político en el sentido convencional. Es una organización diseñada para penetrar y controlar el Estado, la burocracia, la economía, los medios de comunicación, las instituciones coercitivas, el personal, la ideología, las organizaciones sociales e incluso la vida privada.
En cambio, los regímenes autoritarios intentan monopolizar el poder político, suprimir a la oposición y restringir las libertades civiles, pero pueden dejar relativamente autónomas partes importantes de la sociedad. Este pluralismo limitado puede favorecer el crecimiento económico y la expansión de la clase media, lo que a su vez puede conducir a la liberalización y, finalmente, a la democracia. Corea del Sur y Taiwán son ejemplos destacados.
Durante décadas, Estados Unidos, Europa y otras democracias occidentales han tratado a China como un régimen autoritario, con la esperanza de que el desarrollo económico condujera a un mayor pluralismo social y la convirtiera en la próxima Taiwán.
Al principio, la era de reformas de China pareció confirmar estas predicciones optimistas. La empresa privada prosperó, los gobiernos locales compitieron por el crecimiento, los controles sobre los medios se relajaron en cierta medida y comenzaron a surgir elementos de la sociedad civil. Para muchos observadores, China parecía alejarse del totalitarismo y establecerse en una forma más convencional de autoritarismo. Creían que el desarrollo económico continuo llevaría finalmente al país hacia un sistema constitucional.
Pero las instituciones totalitarias de China demostraron ser más resistentes de lo esperado, porque el Partido Comunista de China (PCCh) nunca renunció a su monopolio sobre el poder político ni a los mecanismos que lo sostenían: la burocracia, el aparato de seguridad, el sistema financiero, el flujo de información y las industrias estratégicas. La liberalización de la era de las reformas tuvo lugar dentro de los límites de un sistema diseñado para preservar el gobierno de un solo partido. Por ello, su posterior reversión no puede explicarse simplemente por las decisiones de un solo líder. Más bien, refleja fuerzas institucionales más profundas que nunca desaparecieron.
Los “genes institucionales”
de China
¿Qué explica la extraordinaria persistencia del totalitarismo chino? La respuesta está en lo que denomino “genes institucionales”: elementos institucionales recurrentes que permiten que un sistema político se reproduzca a lo largo del tiempo. Los más importantes de estos elementos se refieren a la distribución del poder y de los derechos de propiedad, así como al consenso social predominante que legitima esa distribución. Debido a que estos elementos sostienen la estructura más amplia del poder, quienes se benefician de ella tienen fuertes incentivos para preservarlos y reproducirlos.
Dicho esto, el término es un concepto de las ciencias sociales, no una teoría biológica. Los genes institucionales pueden evolucionar, aunque generalmente cambian lentamente, y sus efectos no son deterministas. El concepto no implica que el desarrollo de China esté predeterminado culturalmente ni que el país esté destinado a repetir los mismos patrones históricos. Más bien, los genes institucionales ayudan a explicar por qué los sistemas políticos pueden conservar características fundamentales incluso durante períodos de profundos cambios.
Para que un elemento pueda considerarse un gen institucional, debe cumplir tres condiciones: debe persistir a lo largo del tiempo, ofrecer a actores poderosos un incentivo para mantenerlo y desempeñar un papel fundamental en la configuración de la arquitectura institucional más amplia. La longevidad por sí sola no es suficiente. Una religión, costumbre, título administrativo o tradición cultural puede perdurar durante siglos sin moldear los fundamentos del poder político. El budismo, por ejemplo, desempeñó un papel importante en la historia china, pero no llegó a ser parte integral de la estructura del Estado de la manera en que lo fueron la burocracia imperial, los derechos sobre la tierra y el sistema de exámenes para el servicio civil.
El cambio institucional suele depender de la trayectoria previa. Como demostró el fallecido economista y premio Nobel Douglass North, las instituciones moldean los incentivos y el cambio institucional suele seguir caminos heredados. Los genes institucionales son los elementos recurrentes que mantienen esas trayectorias, haciendo que ciertos arreglos sean más fáciles de reproducir y que resulte más difícil establecer alternativas.
Consideremos la China imperial, donde el poder político estaba centralizado mediante una burocracia vertical que respondía ante el emperador. El Estado ejercía la autoridad última sobre la tierra y los privilegios económicos, mientras que el sistema de exámenes determinaba quién podía ingresar al servicio gubernamental, y el confucianismo oficial servía como fundamento ideológico. Juntos, estos elementos formaron una trinidad que sostuvo el gobierno imperial durante siglos.