Conviene usar la ironía para avivar el espíritu. La aplico a mi hoja de vida y desobedezco a mi amigo, el padre Santiago de la Fuente, S. J., ya fallecido, quien me aconsejó evitar la primera persona. Espero me perdone.
Al revisarla, encontré un apartado tan abultado que la carpeta apenas cierra: decenas de libros espirituales, estudios en Ciencias Religiosas, años de aula en escuelas laicales, cuatro décadas escribiendo en publicaciones católicas…
Con semejante expediente, podría creer que merezco un asiento preferente. Hasta pensé pedir recomendaciones a párrocos, recoger firmas y presentarme ante san Pedro con la carpeta.
Pero el Evangelio arruina la campaña. El fariseo enumeraba sus méritos: ayunaba y pagaba el diezmo. Se fue sin quedar justificado. El publicano pidió misericordia y bajó justificado.
Los méritos no son moneda de cambio. Quien usa la fe para ganar prestigio cobra al contado. Jesús le extiende el recibo: «Ya reciben su paga» (Mt 6,5). Cuenta saldada: en el cielo no queda nada por cobrar.
Los fariseos que ensanchaban las filacterias y codiciaban los primeros asientos (Mt 23,5) hoy ensancharían la hoja de vida.
Así que guardo la carpeta. Al rendir cuentas presentaré las manos vacías. La vida eterna es pura gracia: no se obtiene con méritos ni padrinos y no admite cabildeo.
Tengo la dicha de llamarme Francisco. El de Asís se despojó de sus ropas ante el obispo y se las devolvió a su padre. No presentó currículo: lo entregó todo y se quedó con Dios. Su nombre me recuerda lo que importa cuando engorda la carpeta.
Perdóneme, padre Santiago. Prometo volver a la tercera persona la próxima semana.