Por fin el clima está cambiando; las hojas de los árboles se ven azuladas y se puede respirar con más libertad.
Emma está feliz, detesta el calor y reniega como cosa de locos cada vez que la temperatura sube a 33 grados, pero se siente de 40.
Muchas veces murmura que debió haber nacido en Alaska. Yo me río de sus ocurrencias, pero le concedo el derecho a protestar por el calor en extremo. Yo sé que es debido a la depredación que ha sufrido la ciudad, con un paisaje de cemento en vez de una bella arboleda.
Ahora se siente de quince, se arregla para salir, como en los tiempos de antaño. Eso de que los ancianos no tenemos derecho a vestidos vistosos no reza con ella y tiene razón. ¿Por qué una persona mayor no puede lucir un traje llamativo? ¿Qué razón hay para esconder la vejez detrás de vestimentas mustias?
La vida se acaba una sola vez; el resto es solo paparulla. La alegría y ganas de aprovechar el tiempo, contentos y optimistas, es derecho de todos. Y al que no le guste que explore otras opciones, eso dice Emma y yo la secundo.
Me da la impresión de que se acerca la rebelión de los mayores, hartos de que los maltraten y menosprecien. Emma, ¡seguro que estará a la cabeza!