En unos versos de “Muerte en el olvido”, de Ángel González, se lee: “yo sé que existo porque tú me imaginas”. En otros versos del “Poema XIV”, de Pablo Neruda, se lee: “A nadie te pareces desde que yo te amo” y, en otros versos, de “Barro inaugural”, de Franklin Mieses Burgos, se lee: “-Quiero un labio que esculpa mi nombre sobre el aire. Un eco que responda preciso a mis palabras. No, no es posible que exista sin que me piense nadie. Mi realidad se hastía de ser para mí solo. Sin otro que me sienta temblar yo no sería …”.
Todos y cada uno de los fragmentos que menciono más arriba expresan, por boca de sendos poetas -de quienes Kierkegaard decía que “son seres atormentados”-, una dependencia del otro para sentir la existencia: en el de Ángel González, de manera resignada -y sincera- hay una confesión de esa dependencia. En el de Pablo Neruda, decididamente más presumido, se advierte ya una pretensión de ser ese elemento de cuya afirmación depende una existencia ajena, de otro (a), ese elemento que enriquece tal existencia.
Pero, he aquí que en el de Franklin Mieses Burgos hay un tropo que no nos alude a palabra humana alguna, un tropo manifiestamente alusivo al ser supremo, que se confiesa aquí frustrado, confundido y temeroso, es más, de no ser pensado en la otredad, que teme no existir como no sea en la otredad, sin que ésta lo piense. Semejante ontología nos retrotrae a la confusión griega que operaba entre humanos y dioses, cuando los primeros participaban concomitantemente de los atributos de los segundos, y viceversa. Hay aquí, implícita, una ontología que alcanza al propio creador en su precepción de sí mismo, y más, una franca oposición de enfoque respecto del solipsismo existencial heideggeriano.
Lo anterior demuestra que la otredad es el denominador común de toda existencia consciente. Igual un pope o un anacoreta, cada uno precisa del otro para sentir que existe. Mi propia ontología se refuerza cuando estoy escribiendo este artículo, confiado en la segura lectura que usted hará de él, porque posiblemente me tendrá en consideración, así sea para reflexionar sobre el tema -ya agradable o desagradablemente- o porque sencillamente “me piense”, para bien o para mal. Y usted que me lee, también refuerza su percepción de existencia consciente por mor de que existo “en la otredad” de mis palabras, de mi mensaje. Por tanto, por favor, conjuguemos el verbo existir en el comprometido plural que reclama.