Recientemente, en los Madriles, colegas escribidores me cuestionaron sobre la figura del Dr. Leonel Fernández. A ellos les respondí que el profesor es para mí un Balaguer sin doce años, como un Juan Bosch pero sin exabruptos. Fernández Reyna, le dije, es un político sin vacaciones, que ha demostrado ser tan hábil como cortés y educado, lúcido pero avispado, con unas buenas formas que heredó de doña Yolanda y que, al conocerlo, deja la impresión de ser un caballero que solo quiere quedar bien sin molestar a nadie, pero por alguna extraña razón, termina siempre quedándose con todo: una candidatura, una vuelta al ruedo, o una sentencia del TSE. Mientras lo decía, comprendí que nada es tan exitoso o peligroso, según se mire, como un político hábil con modales de caballero.
Como el CID campeador, Fernández Reyna ha ganado elecciones después de muerto, es decir, hasta cuando las ha perdido. Las de 2016 o 2020, por ejemplo. Aderezado todo esto, con que a Danilo Medina le llaman Francisco, y no por Domínguez Brito, sino por Augusto Lora, a quién en 1970, Balaguer le había prometido la candidatura presidencial. En el caso de Medina, hablamos de la candidatura de 2004 o 2008, aunque la crisis estalló, como a las cinco de la tarde del 6 de noviembre de 2007. Cómo ven, el rencor viene de lejos, a pesar del buen gobierno que en 1996, Fernández encabezó junto al propio Medina y Temo Montas.
Según mis fuentes, que incluyen a más de un cercano colaborador o amigo de Fernández, en agosto 2012 el profesor estaba decidido a dejarlo todo para dedicarse a sus otros grandes amores: FUNGLODE, los libros, inaugurar un nuevo amor, ver los partidos de los Lakers con J. Payano y L. Corporán y, si los astros se alineaban a su favor, encabezar la OEA o dirigir la ONU.
Así, recluido en su biblioteca, leyendo los 633 libros y 1,124 revistas que doña Aida le había almacenado en el penúltimo nivel del último estante de la biblioteca de FUNGLODE, todo marchaba bien, hasta que un día, (también eran las cinco de la tarde) en su contra se dio inicio a la más rastrera campaña de difamación de nuestra democracia contra un líder político, sólo superada por la que durante toda su vida padeció el Dr. José Francisco Peña Gómez… Y esa campaña lo cambió todo. (Continuará)