Hoy el cielo recibe a uno de nuestros grandes: nuestro querido Tío Tony. “Tío” de cariño para mí y mis hermanos, ya que crecimos en su casa, fruto de la amistad de toda la vida entre nuestros padres.

Recuerdo llegar primero a Los Pinos, donde se sentía el abrazo cálido de la familia extensa, y donde la sonrisa de Tío Tony te daba la bienvenida como si fueras un miembro más de la familia. No había horarios, no había estrés; solo se respiraban amor, creatividad y alegría. Luego llego la casa de Arroyo Hondo, en la avenida República de Argentina, donde forjamos algunos de los mejores recuerdos, en esa etapa en que la ternura de la infancia empieza a transformarse en la picardía de la adolescencia.
Nuestros padres no nos permitían dormir en muchas casas, pero en la de Tío Tony y Tía Rosalía era un “sí” con los ojos cerrados. Para mí, esa casa era emblemática del futuro: lo más “cool” que podía existir en los años 80. Moderna, de diseño exquisito, y siempre abierta para todas nosotras, las amigas de Gia, que añorábamos dormir allí para disfrutar de las mejores pijamadas.
Tío Tony era de esos padres que nos permitían entrar a su habitación principal. Saltábamos en la cama, nos reíamos a carcajadas, y cuando empezó a perder el cabello, nos enseñó cómo darle masajes en el cuero cabelludo, algo que disfrutábamos como si fuéramos dueñas de un spa.
En el año 1983 tuvimos el privilegio de hacer un viaje extraordinario: una semana haciendo rafting por el Gran Cañón. Compartimos incomodidades —no había baños, el agua del río era congelada y por las noches dormíamos en casas de campaña o en sacos de dormir—, pero también vivimos una aventura inolvidable. Recuerdo especialmente una noche en que los padres estaban sentados en el raft, anclado como cada noche a la orilla del río, cuando de repente Tío Tony, quizás después de dos o tres copas de vino, cayó al agua helada. La guía lo sacó en un abrir y cerrar de ojos y, aunque el susto nos dejó en suspenso por un instante, las carcajadas pronto nos devolvieron al gozo y al espíritu aventurero que permeó cada momento de ese viaje.
Hubo viajes a Europa, cenas en los mejores restaurantes, encuentros en Nueva York y veranos en nuestra querida playa de Sosúa. Tío Tony era el viajero más sofisticado que conocíamos. Su amor por lo gourmet, el arte, la creatividad y la belleza era palpable, y lo transmitía generosamente. ¡Que dicha poder disfrutar de la vida tan plenamente! Pero todo eso era apenas un granito de arena comparado con lo que uno sentía en su presencia: amor incondicional.
Estar con Tío o Tony era sentir que te abrían la puerta a un alma noble, a una presencia que transmitía calma, apoyo, amor y sabiduría. Tuve la dicha de pasar un buen rato con él y con nuestra querida Tía Rosalía en diciembre, cuando les lleve a mi hija Caterina. Al día a siguiente, mi mama me comentó que, como siempre, Tío Tony le escribió para decirle que el mejor regalo que había recibido era ver lo bien que estaba Cati, porque Dios hace milagros.
Tío o Tony siempre veía a lo bueno, y si estabas con él, lo sentías. Había posibilidad. El camino se abría. Y si lo caminabas como él, tu paso será ligero; estarías rodeado de cultura, de buena comida, de los mejores vinos, de una sonrisa contagiosa, de picardías y chistes, y de una luz en sus ojos que te recordaba que la vida es para disfrutarla, sobre todo, junto a los seres queridos. El amor de Tío Tony hacia Tía Rosalía me hacía creer en los romances de las películas de Hollywood, y ese amor se multiplicaba al verlo rodeado de sus hijos y nietos.
Tío Tony nos abrió las puertas de sus casas, pero la puerta más importante fue la de su alma noble. Hoy esa alma se une al Divino Creador, y el cielo está de fiesta. Nosotros estamos de luto, pero con la fe de que su partida deja una enseñanza para todas estas “sobrinas” de cariño —nuestro grupo de amigas—, quienes caminaremos con la conciencia expandida por haber tenido el privilegio de conocerlo y de tenerlo como ejemplo de padre, hermano, esposo, tío y hombre de bien. Gracias por ser un ejemplo de bondad y amor. Dejas un vacío inmenso, porque tu presencia física nos hará mucha falta, pero tu luz brillara siempre dentro de cada una de nosotras.