Durante mucho tiempo pensé que el conocimiento era una conquista irreversible. Quizás porque crecí rodeado de libros.
Hasta ayer los intelectuales eran los intérpretes de su tiempo, los productores de ideas, los constructores de marcos teóricos y los mediadores entre el conocimiento especializado y la comprensión colectiva de la realidad. Desde las universidades, los periódicos, los libros y los centros de pensamiento, ejercían una influencia que trascendía ampliamente sus disciplinas.
Sin embargo, tengo la impresión de que estamos asistiendo a una transformación histórica de proporciones extraordinarias, una transformación que obliga a replantear no solo el papel del intelectual, sino también la forma en que las sociedades producen, distribuyen y validan el conocimiento.
Como psiquiatra, me interesa observar no solo las enfermedades individuales, sino también las patologías culturales de cada época. Las sociedades, al igual que las personas, desarrollan síntomas. Y para comprender los síntomas de nuestro tiempo resulta inevitable recurrir a algunos de los pensadores que han intentado describir las profundas mutaciones de la modernidad.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han describió una sociedad agotada por la obligación permanente de producir, rendir y superarse. La llamó la sociedad del cansancio. Antes que él, Guy Debord advirtió que el espectáculo terminaría sustituyendo la experiencia real, transformando la vida en una representación permanente. Por su parte, Zygmunt Bauman observó cómo las instituciones, las relaciones humanas y las identidades se volvían cada vez más frágiles dentro de una modernidad líquida donde casi nada permanece.
El filósofo Éric Sadin, analizado por nosotros en Panorama Semanal, en su reciente obra El desierto de nosotros mismos plantea una inquietud profundamente contemporánea: el progresivo vaciamiento de la experiencia humana a medida que delegamos cada vez más capacidades cognitivas, emocionales e incluso morales a los sistemas tecnológicos.
Sadin afirma que la humanidad quedara sola frente a las pantallas, frente a sus algoritmos y, en última instancia, frente a sí misma. Una humanidad cada vez más acompañada por máquinas y cada vez menos acompañada por otros seres humanos.
Desde mi campo profesional, esta reflexión posee una resonancia particular.
La psiquiatría ha tenido que sobrevivir con décadas de movimientos antipsiquiátricos que cuestionaron la autoridad del diagnóstico, la legitimidad de los tratamientos e incluso la propia naturaleza de la enfermedad mental. Algunas de esas críticas contribuyeron a humanizar la práctica médica y a corregir errores institucionales. Otras derivaron en una desconfianza creciente hacia el conocimiento especializado y hacia la figura misma del experto.
Lo que observamos actualmente parece ser una extensión de ese fenómeno a escala global.

El médico, el profesor, el investigador, el periodista, el filósofo y el intelectual han dejado de ser vistos como depositarios privilegiados del conocimiento. La autoridad profesional se encuentra bajo sospecha permanente.
La irrupción de la inteligencia artificial acelera de manera exponencial este proceso.
Estamos entrando en lo que podría llamarse la era post-ChatGPT.
No porque las máquinas hayan alcanzado la conciencia humana ni porque sustituyan completamente la creatividad, sino porque han alterado profundamente el valor económico, cultural y social de muchas capacidades intelectuales que durante siglos distinguieron a las élites académicas y profesionales.
El conocimiento ya no es escaso. La información ya no es un privilegio. La capacidad de síntesis ya no pertenece exclusivamente a los expertos.
La pregunta que emerge es profundamente inquietante: ¿qué función tendrá el intelectual en esta nueva realidad?
No es preocupación únicamente de filósofos o académicos. Resulta significativo que la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, esté dedicada precisamente a la defensa de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial. El Pontífice advierte que la tecnología no puede sustituir la conciencia moral, la responsabilidad ética ni el juicio humano. Su llamado no es contra la tecnología, sino contra la posibilidad de que olvidemos aquello que nos hace esencialmente humanos.
Y es aquí donde convergen, de manera sorprendente, todas estas reflexiones.
• Han teme el infierno de lo igual.
• Bauman describe la fragilidad de las estructuras humanas.
• Debord denuncia la sustitución de la realidad por la representación.
• Sadin advierte sobre el desierto de nosotros mismos.
• León XIV llama a proteger la dignidad de la persona frente a la expansión de la inteligencia artificial.
Todos parecen estar hablando, desde lenguajes distintos, de una misma inquietud civilizatoria.
La posibilidad de que el ser humano termine rodeado de información, pero cada vez más alejado de sí mismo.
Estamos asistiendo al fin de los intelectuales.
Estamos presenciando algo más profundo: el debilitamiento de las condiciones culturales que hicieron posible la existencia del intelectual como figura social relevante.
Porque el verdadero desafío de nuestra época no parece ser tecnológico. Es antropológico.
La inteligencia artificial puede organizar información, producir conocimiento y ofrecer respuestas con una eficiencia extraordinaria. Pero todavía sigue siendo el ser humano quien debe otorgar significado a esas respuestas, quien debe establecer límites morales y quien debe decidir qué hacer con el conocimiento disponible.
La tecnología puede ampliar nuestras capacidades. Lo que no puede reemplazar es la conciencia.
Y tal vez sea precisamente esa diferencia la que determine el futuro de nuestra civilización.
Mi preocupación por este fenómeno, quizás proviene más de mis raíces personales de lo que inicialmente pensaba.
De una generación formada en una cultura donde el conocimiento era una conquista laboriosa. Egresado del Colegio Santa Teresita, una institución marcada por el legado de Mineta Roques, una de las grandes pioneras de la educación dominicana y fundadora de una de las primeras escuelas laicas del país. Aquellas aulas recibieron a generaciones de jóvenes formados bajo la convicción de que la educación era una herramienta de libertad y transformación social.
Pero mi formación comenzó mucho antes de llegar a la universidad. En mi hogar, la lectura no era una actividad opcional. Mi padre consideraba que una persona educada debía dialogar con los grandes pensadores de la humanidad. Por eso me condujo, siendo todavía muy joven, a recorrer los veinticuatro tomos de la Enciclopedia de los Clásicos. Lo que entonces parecía una exigencia paterna terminó convirtiéndose en una de las mayores herencias intelectuales de mi vida.
Entre aquellas páginas nació mi interés por comprender al ser humano, sus conflictos, sus emociones y sus contradicciones. Mucho antes de ejercer la psiquiatría, ya me fascinaban las preguntas fundamentales sobre la condición humana.
Por eso observo con inquietud y fascinación el mundo que emerge ante nosotros. Mi generación aprendió que el conocimiento se construía lentamente, libro tras libro, maestro tras maestro. Las nuevas generaciones descubren que una parte importante de ese conocimiento puede obtenerse en segundos desde una pantalla.
La inteligencia artificial representa una de las mayores conquistas tecnológicas de nuestra historia. Pero más allá de sus extraordinarias capacidades, nos obliga a formular una pregunta esencial: ¿seguiremos formando seres humanos capaces de pensar por sí mismos?
Porque al final, el verdadero desafío no consiste en saber cuánto conocimiento pueden producir las máquinas, sino cuánto estamos dispuesto a conservar de aquello que nos hace profundamente humanos.
Dedicado a Domingo Páez, Ricardo Nieves y a mi Padre Juan Bosco Guerrero