Impensable hace una década y sorprendente todavía hoy. ¿Quién puede negar que Santiago Matías, “Alofoke”, es una de las personas de las que más se habla en República Dominicana? Para bien o para mal, todo el mundo lo está analizando, incluso personas que históricamente han sido muy selectivas a la hora de referirse públicamente a otros.
Un ejemplo fue la distinguida Angelita Peña, a quien Alofoke llevó a decir, en un video, la palabra “guaremate” para denostarlo, aunque ni ella misma conozca el significado de esa jerga. No obstante, como dama de alto nivel, sí sabe el impacto que tiene salir frente a una cámara, hablar del hombre del rating y, paradójicamente, terminar apropiándose de su lenguaje callejero.
Otro caso es el del Dr. Humberto Salazar, quien lleva varios días analizando la figura del “outsider”, en ocasiones desde la crítica y en otras desde una perspectiva positiva, con el peculiar criterio y la franqueza que lo caracterizan.
Vinicio Castillo Semán, Roberto Rosario, Johnny Pujols y, sorpresivamente, hasta el presidente del Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), Celso Juan Marranzini, así como los expresidentes de la República Leonel Fernández e Hipólito Mejía, han opinado sobre el fenómeno Alofoke en el ecosistema político dominicano.
Pero ¿cuál es realmente el fin de Alofoke en estas elecciones?
Todo aspirante o candidato presidencial quiere ganar el certamen electoral. Sin embargo, si nos atenemos a la realidad política, un “outsider”, al frente de un partido nuevo y con una irrupción distinta a la de los actores tradicionales, tendría muchas dificultades de ganar unas elecciones en el mismo proceso en que se crea una organización política.
No obstante, en un escenario que apunta a una segunda vuelta, independientemente de cómo se mire el panorama, basta con que Alofoke supere el 3 % de los votos (y estoy convencido de que obtendrá mucho más) para convertirse, sin duda alguna, en la joya más valiosa del sistema de partidos.
En una segunda vuelta, ese porcentaje puede tener un peso político enorme. Lo que en una primera ronda podría parecer una votación modesta puede convertirse, en el balotaje, en la diferencia entre ganar o perder la Presidencia. En una carrera presidencial tan cerrada como la que comienza a dibujarse para 2028, cada voto cuenta.
Y ahí está el verdadero poder de Alofoke.
Quizás su objetivo inmediato no sea llegar al Palacio Nacional. Quizás sea algo mucho más estratégico: demostrar cuántos votos puede poner sobre la mesa y convertirse en el actor que incline la balanza cuando los dos grandes bloques necesiten cada voto para alcanzar el poder.
Si Alofoke logra convertirse en un polo electoral, ya no tendrá que pedirle permiso a nadie para entrar en la conversación política. Serán los candidatos quienes tendrán que sentarse a conversar con él.
Por eso, más que preguntarnos si Alofoke puede ganar en 2028, deberíamos preguntarnos algo mucho más incómodo para el establishment: ¿quién ganará en 2028 si Alofoke decide con quién se queda?
Porque quizá no necesite ganar las elecciones para convertirse en uno de los hombres que más pueda influir en quién las gane.