Quizás, después de todo, la idea del senador Antonio Marte (“diciembre debe desaparecer del mapa”) no es del todo descabellada. Detrás de la jocosa salida del senador, se esconde un agudo razonamiento que se sustenta en la realidad que viven políticos, empresarios, y casi todo el mundo.
Y es que ese último mes del año, en el que celebramos el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, también es el que (¿el misterio de la Navidad?) nos reencontramos con lo bueno que llevamos dentro… y con los demás. El momento en que reconstruimos y fortalecemos los lazos que nos entrelazan con familiares, parejas, amigos, seres queridos, compañeros de trabajo… y hasta con desconocidos.
La lista sería infinita, pero, cada uno en su proporción, capacidad y medida, intenta de alguna forma agradar al otro. De ahí las prácticas institucionalizadas de hacer regalos que busquen agradar a quien lo recibe, y testimoniar sentimientos de gratitud, respeto o afecto por parte de quien los hace; y que sean bien recibidas las canastas, dulces, botellas, frutas… y hasta el más simple de los obsequios, porque, más que el valor económico de un regalo, lo que se agradece es la intención de hacerlo.
Por simple regla de tres, un pequeño regalo hecho por alguien que tiene poco, vale tanto como un gran regalo hecho por alguien que tiene mucho. Porque se da en la medida de lo que se tiene, y la intención vale igual en el corazón de quien regala y a los ojos de quien recibe.
Volviendo al senador (cuya generosidad y solidaridad es proverbial), su planteamiento se nutre de una realidad que conocen quienes lideran empresas sujetas a reglas fiscales y laborales; como los políticos que se saben atrapados en las redes clientelares de un sistema que les obliga a buscar de donde no tienen, para hacerle frente a todos los compromisos que tienen contraídos desde el mismísimo momento que decidieron entrar en la política, y jugar con unas reglas que estaban ahí, y que nadie puede cambiar… so pena de generar rechazo.
Adicional a todos los clásicos requerimientos mensuales (recetas, medicamentos, madera, zinc, blocks, cajas de muerto, tickets de gasolina, efectivo, etc.), a diciembre se le suma “mi navidad”, o sea, el dinero (“efeté”, “cachirulo”) que solicita quien lo pide, porque se siente en el derecho de hacerlo. Multiplicar “mi navidad” por X (los compañeros del partido, y toda la pléyade de servidores o hacedores de oficios) arroja un resultado devastador para cualquier presupuesto.
Pero, aun así, estamos inmersos en el ritual decembrino y todos de una u otra forma sucumbimos a él, porque somos adictos al fuetazo dopamínico que sentimos cuando recibimos algo que perfectamente podemos comprar, o cuando regalamos a alguien de nuestros afectos o simpatía. Comienza el año nuevo, y, parafraseando al senador, tenemos once meses por delante para ahorrar todo lo que vamos a regalar en el próximo diciembre… Bienvenido, 2026.