Un encuentro de amigos, en que analizábamos el gabinete anunciado por el presidente Luis Abinader, 2020, tocó como punto coincidente las ojerizas que provocaba el nombramiento de Roberto Alvarez como canciller dominicano. No había dudas de su reciedumbre profesional y en el campo diplomático. La extrañeza venía por sus posiciones públicas contrarias a la jurisprudencia que estableció la sentencia 168-13, sobre la nacionalidad de extranjeros nacidos en República Dominicana, y las posiciones que sobre el tema haitiano había fijado el nuevo presidente, jefe directo del nuevo ministro de RElaciones Exteriores.
Roberto Alvarez, provenía de la denominada ‘sociedad civil’, de Participación Ciudadana, una fiera abanderada de la nacionalidad de los hijos de haitianos nacidos en el país, contraria a las políticas migratorias y en defensa de los “derechos de los indocumentados”.
Hoy, seis años después de asumir el cargo, la mayoría de esos amigos de la tertulia del 2020, tocamos de nuevo el tema de Roberto Alvarez, a propósito de anunciar su salida del gabinete presidencial, y el punto coincidente fue de elogios por su trabajo desplegado como el canciller y en especial sobre el espinoso tema haitiano, uno de los puntos de mayor preocupación y tensión de la política internacional dominicana.
Roberto Alvarez -asumiendo la vocería de ese grupo de contertulios- digo categóricamente que ha sido uno de los cancilleres más prestantes, consagrado a la defensa de los intereses dominicanos, sin torpezas ni escándalos, respetado, eficiente, reputado, laborioso, preciso, entregado, exitoso.
Creo, entonces, que el Estado, el presidente Abinader, pierde un gran canciller, comparado con los que conforman la galería de los más aguerridos en defensa de los intereses del país en los foros internacionales.