No es que 2025 se acaba, es que se acabó. Tan pronto como mañana, comienza un nuevo año cargado de desafíos, tanto a nivel de país, como de retos personales. Para muchos, será un primer año sin sus seres queridos –con realidades familiares, personales o laborales cambiantes–, para otros, uno donde el horizonte de las metas por lograr quizás se alcance.
Cada uno lleva a cuestas la carga que le toca llevar, y, sin importar apariencias, publicaciones en redes sociales (esas donde se proyecta una vida familiar, amorosa o material, perfecta), el corazón de la auyama [aún] sólo lo conoce el cuchillo.
Ya en el plano macro, en lo que respecta a política, gobernabilidad, estabilidad social, crecimiento económico y los grandes números que apabullan y desconciertan a los tomadores de decisión (sin importar la naturaleza del indicador), predictores o simples ciudadanos; toca pensar en el nuevo año en función a cómo nos deja el viejo.
Al margen de las quejas ordinarias y propias de toda la vida, o las reflexiones que tienen que hacer los políticos (sean gobierno u oposición), lo cierto es que, una cosa es analizar el año que acaba desde la perspectiva de lo común, y otra pensarlo desde lo extraordinario. La tragedia del Jet Set, el desafío de la migración ilegal haitiana o el caso SENASA, en cierta forma fueron puntos de inflexión en la autopercepción de la sociedad dominicana.
El manejo político y comunicacional del gobierno dejó que desear en muchos casos. Prácticamente todo el año estuvo a la defensiva, intentando remontar vuelo, controlar el relato, y, no bien ponía alguna buena noticia sobre la mesa, se dejaba apabullar por las malas, mostrándose incapaz –hasta bien entrado el año, cuando hizo un cambio en la comunicación–, de comenzar a mitigar los efectos de prácticas que se vieron como normales en los primeros cuatro años, pero que empezaron a exasperar, no bien ganada la reelección.
Si el gobierno muchas veces no ha sabido ser gobierno, a la oposición le ha tomado tiempo aprender a ser oposición; a criticar con rigurosidad, constancia, aportes (con notables excepciones). Fracturada y bicéfala, los hijos de Bosch no pueden sentarse aún en la misma mesa. Sin novedad en el frente político, los outsiders continúan a la sombra y el pueblo piensa en otra cosa… mientras le ponen a pensar en otra cosa.
Vaivenes políticos aparte, con una reforma fiscal engavetada, tocará hacer magia para cuadrar cuentas, aumentar el gasto de capital y disciplinar el gasto corriente. Todos los pronósticos (dicen) son buenos, pero la profecía auto cumplida necesita que la ayuden también.
Desde el gobierno se necesitará gestión, temple, y valor; en la oposición, constancia, persistencia y audacia. Falta mucho para el 2028, pero los políticos piensan sólo en eso, mientras, a los demás nos toca mirar esperanzados este nuevo año que empieza.