A John Fleury (+), in memoriam, apóstol y profeta de los vulnerables.
El abismo tiene puertas que van desde la clásica entrada que custodia el recinto, hasta los portones sucesivos de barras metálicas y malla de acero.
Como no tienen propósito de redención, son rejas de castigo; ellas quisieran corregir, pero, en realidad, afligen e infaman.
Pudieran con espíritu de corrección reivindicar el alma humana; puesto que no tienen nada que ofrecer, la aplastan y condenan.
A mediados de 1985, mientras impartía la cátedra de Derecho Penal en la PUCMM, recibimos la invitación de doña Graciela Gratereaux (+), “Mamá Ninón”, para visitar junto a los esposos evangelizadores John y Nidia de Fleury, la cárcel de La Victoria, como parte de las visitas a las penitenciarías que regularmente hacía la institución católica: “Renovación de los Encarcelados”. También nos acompañaba mi esposa Velkys, embarazada de nuestro último hijo.
Llegado el momento partimos hacia el recinto de La Victoria, y una vez completados los trámites preliminares, nos dispusimos a penetrar.
Pasamos una primera puerta con algunas oficinas del penal, donde el alcaide nos dio algunas explicaciones. Después, también pasamos, un yermo con numerosos efectivos de la policía y traspusimos finalmente, dos portones grandes que nos condujeron al patio de la prisión.
El patio, similar al terreno de juego de un estadio, estaba repleto de hombres malolientes y semidesnudos.
De inmediato advertí que entre aquella barahúnda un pequeño grupo nos esperaba y nos defendía de actitudes agresivas e intolerantes de algunos reclusos.
Atravesamos la explanada, más bien el corral. Y al fijar la vista, vi hombres que no eran hombres; niños a quienes el abuso había vuelto hombres.
Varones vestidos de mujer e internos en ropa interior femenina. Vi locos, degenerados. Apáticos que ni siquiera levantaron los ojos.
Lo que más me conmovió es que vi hombres avergonzados, aplastados por su delito. Jugadores, adictos y enfermos.
Nos abrimos paso entre una vocería donde se mezclaban las buenas y malas palabras con transacciones por la venta de camas y cigarrillos.
Hasta que por fin, Mamá Ninón –como le llamaban los presos—me indicó una puerta, que daba a un salón de actos pequeño, modesto y limpio, que se conoce como “La Capilla”. En realidad habíamos alcanzado las Puertas del Cielo.
Allí nos esperaban con guitarras y panderos un grupo de hombres alegres, radiantes y esforzados. Y de inmediato comenzaron a cantar himnos con gran gozo.
Mamá Ninón les habló en tono maternal y todos callaron. Leyó un trozo del Evangelio y se inició el grupo de oración.
Entonces ocurrió algo insólito; vi hombres dar gracias a Dios porque habían conocido la libertad en la cárcel.
En realidad de la forma más natural y, no menos misteriosa, nos habíamos montado en la Barca de San Pedro—la Iglesia—combatida por las tempestades del alarido de las almas atormentadas.
Después, ella les dijo, presentándome, que yo les dirigiría algunas palabras de aliento.
Revisé mis cátedras de Derecho Penal y toda mi palabrería acerca de la Reforma Carcelaria. Dándome cuenta de que en ese momento no servían para nada.
Afortunadamente recordé que en una visita a una prisión en Roma, Juan XXIII—el Papa Bueno—les había dicho a los presos: “No se sientan tan mal, tan lejos de Dios; casi todo el mundo ha tenido alguna vez problemas con la Justicia”.
También les recalqué, que aún estando presos: “La verdad los haría libres”.
Rezamos algo, atreviéndonos los presentes a cerrar los ojos.
Terminó la asamblea de oración, y en medio de abrazos de auténtico cariño, salimos de nuevo a la explanada. Donde en medio de la bullanga, vi peleas al puño y de nuevo nos proferían frases descompuestas.
Fuimos escoltados, hasta la salida por la asamblea del grupo de oración, que marchó cantando y tocando música por aquel infierno.
De nuevo las puertas de barras retorcidas y sucias; y las tufaradas de mal olor, los últimos gritos de los condenados que riñen en torno a una pitanza. La visión terrible del espectáculo dantesco.
Y fue cuando, ya casi tentado por las palabras escritas en “La Divina Comedia” por Dante, en la antesala del averno: “Los que vais a entrar aquí abandonad toda esperanza …”
Entonces, un tremendo consuelo me estremece, porque a pesar de todo, los músicos orantes por encima de las maldiciones seguían impertérritos… y a viva voz cantando, alabando.
Rápidamente, concluí para mis adentros:—Es verdad y no hay dudas. Lo he visto y fui testigo.
Jesucristo tiene “La Victoria” cuando proclama: “Esta es mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.