Cada vez que alguien afirma que la universidad no sirve, casi siempre recurre al mismo argumento: “Mira a los que la dejaron y triunfaron”. Se mencionan nombres conocidos, historias llamativas y finales felices. El mensaje es seductor, fácil de compartir pero profundamente engañoso.
Este error tiene nombre: sesgo de supervivencia. Y ocurre cuando sacamos conclusiones observando solamente a quienes “finalizaron” y olvidamos a la gran mayoría que no tuvo el mismo resultado. Es un atajo mental peligroso, porque transforma casos excepcionales en supuestas reglas generales.
El ejemplo clásico proviene de la Segunda Guerra Mundial. Al analizar los aviones que regresaban del combate con agujeros de bala, muchos propusieron reforzar esas zonas dañadas. El estadístico Abraham Wald sugirió lo contrario: blindar las áreas sin impactos. Su razonamiento era simple: los aviones que no regresaban habían sido alcanzados justo ahí. Mirar sólo a los sobrevivientes llevaba a una conclusión equivocada.
Hoy hacemos lo mismo con los estudios universitarios o técnicos. Se citan con frecuencia figuras extraordinarias que abandonaron los estudios y alcanzaron un éxito descomunal. Son historias reales, inspiradoras y mediáticas. Pero representan a una minoría ínfima. Por cada desertor famoso que triunfó, existen miles que tomaron la misma decisión y no lograron resultados similares. De ellos casi no se habla. No porque no existan, sino porque sus historias no venden.
Cuando se observan los datos completos en República Dominicana, el panorama también cambia. La evidencia es contundente: completar la universidad sigue siendo altamente rentable. Según Cardoza (2023), un profesional con título universitario puede ganar hasta el doble del salario de una persona que no concluyó su formación universitaria. Este resultado no es nuevo ni aislado. Ya en un estudio clásico, Fuentes y Villanueva (2006) siguieren que la remuneración de un profesional dominicano promedio supera casi en el doble a la de un individuo que no completó la educación superior. En otras palabras, más allá de casos excepcionales, el título universitario continúa siendo uno de los principales determinantes del ingreso en el mercado laboral formal dominicano.
Eso no significa que todas las carreras sean iguales ni que todos los graduados tengan éxito garantizado. Hay programas con bajo retorno, altos costos o trayectorias laborales más inciertas. Pero, aun considerando esas diferencias, terminar la universidad sigue siendo rentable en promedio.
El contraste más duro aparece al mirar a quienes abandonan. Para ellos, el resultado típico es negativo ya que incurrieron en costos como el pago de matrícula, tiempo y a veces endeudamiento. En esta sentido, diversos análisis coinciden en que abandonar suele ser el peor escenario económico dentro del sistema educativo.
Las estadísticas laborales lo confirman. Quienes tienen “algo de educación, pero sin título” ganan significativamente menos y enfrentan mayores tasas de desempleo que quienes sí completaron la carrera. Y lo peor, es que esta brecha persiste a lo largo de la vida laboral.
En República Dominicana, este debate no es abstracto. Durante la pandemia, más de 118 mil estudiantes abandonaron la universidad. En las instituciones privadas, la deserción se acercó al 20%, y en la pública rondó el 18%. Detrás de esos números hay trayectorias interrumpidas, ingresos más bajos y menor movilidad social futura. Son historias silenciosas, pero reales.
El problema del debate público es que suele apoyarse más en anécdotas que en evidencia. Un empresario exitoso o un influencer que dejó la universidad no constituye una prueba estadística. Es sólo un caso visible dentro de una multitud invisible.
Esto no significa que dejar la universidad sea siempre un error. Hay situaciones particulares, oportunidades muy concretas o contextos específicos en las que puede ser una decisión razonable. Pero presentarla como una estrategia general de éxito es, en el mejor de los casos, irresponsable.
La discusión relevante no es universidad sí o no, sino cómo estudiar mejor. Elegir programas con buena inserción laboral, recibir orientación vocacional adecuada, graduarse a tiempo y contar con apoyos que reduzcan la deserción marca una diferencia enorme en los resultados.
Confundir excepciones con reglas tiene consecuencias. Cuando un joven toma una decisión educativa mirando sólo a los pocos que triunfaron, está apostando su futuro con información incompleta. Y casi siempre, eso sale caro.
Antes de dejar los estudios inspirado por una historia de éxito, conviene hacer una pausa y mirar el cuadro completo. No sólo a los que regresaron y fueron celebrados, sino también a los que nunca volvieron. Porque, como en los aviones que no regresaron de la guerra, es ahí donde está la evidencia más importante y la que el sesgo de supervivencia insiste en ocultar.
El autor es economista y profesor universitario