Hay palabras que se están yendo sin hacer ruido. No se despiden, no avisan. Simplemente dejan de usarse y un día notamos que ya nadie las entiende. El lenguaje criollo también envejece, y a veces se nos queda atrás sin que nos demos cuenta.
Antes uno oía decir desguañangado y todo el mundo sabía que algo estaba maltrecho, flojo, casi cayéndose. Hoy se dice roto, dañado o simplemente no sirve. Más corto, más práctico, pero menos sabroso. La palabra se pierde y con ella la imagen que traía.
¿Quién dice ahora trastear para referirse a moverse sin mucho sentido, de un lado a otro, como quien no encuentra su sitio? Los jóvenes caminan, salen, resuelven. Pero trastear tenía cansancio, tenía insistencia, tenía tiempo encima.
Palabras como encaramarse, guindarse, ajorar, jondear, desbaratar, van quedando para conversaciones entre gente que ya peina canas o para cuentos de abuela. Y no es culpa de nadie. El idioma cambia porque la vida cambia. Pero a veces duele ver cómo se adelgaza.
Las nuevas generaciones hablan rápido (yo también), mezclan idiomas, inventan términos que también son válidos. Eso no está mal. Lo que preocupa es cuando se corta el hilo. Cuando ya no se entiende lo que decían los viejos porque las palabras desaparecieron con ellos.
El lenguaje criollo no es solo una forma de hablar. Es una manera de mirar el mundo. Cada palabra vieja tenía una función exacta, un contexto, una escena completa. No eran adornos, eran herramientas.