El mundo adora las causas simples. Le fascinan los letreros cortos, los hashtags fáciles y los villanos de caricatura. El problema es que, cuando la realidad se vuelve incómoda, esa moral de pancarta se transforma en hipocresía industrial.
Tras una masacre deliberada contra civiles israelíes en Octubre del 2023, el planeta reaccionó no con horror sostenido hacia los autores -una organización cuyo objetivo fundacional declara explícitamente la eliminación de Israel- sino con una ola global de acusaciones contra el país que fue atacado. Decenas de miles de manifestaciones, campus movilizados, condenas automáticas. A Israel se le exigió una perfección quirúrgica bajo fuego real. Se juzgó su defensa como si la barbarie inicial fuera un detalle técnico.
Ahora miremos el espejo que el mundo evita.
En Irán, desde finales de diciembre de 2025 y de forma particularmente brutal los días 8 y 9 de enero de 2026, el régimen Iraní respondió a protestas populares con una represión que múltiples fuentes ya describen como una matanza masiva. No dispersión. No control de disturbios. Matanza.
Las cifras varían -porque cuando un Estado apaga internet también intenta apagar la verdad-, pero incluso los rangos más conservadores son escalofriantes. Una investigación del magazine Time, basada en fuentes del propio Ministerio de Salud iraní, estimó que solo en dos días pudieron haber muerto hasta 30,000 personas.
Pero detenerse solo en los números es insuficiente. Porque aquí no hablamos únicamente de cantidad de muertos, sino de cómo se mata y qué se hace después.
Familias de manifestantes asesinados denuncian que las autoridades retienen los cuerpos y exigen pagos de miles de dólares -literalmente “el precio de la bala” que los mato- para devolver los cadáveres. Sí: facturan la munición. Si no pagan, no hay cuerpo. Si no firman declaraciones falsas, no hay entierro.
¿Declaraciones falsas de qué tipo? Que el muerto no era manifestante, sino miembro de milicias del régimen. Que cayó “defendiendo al Estado”. A civiles ejecutados los visten como fuerzas
gubernamentales para fabricar mártires oficiales y borrar víctimas reales. La mentira cosida sobre el cadáver.
Hay testimonios de entierros masivos forzados de madrugada, bajo vigilancia armada, para evitar que el duelo se transforme en protesta. Hay reportes de bolsas mortuorias cerradas con personas aún con vida dentro. Un sobreviviente relató que tuvo que fingir estar muerto durante tres días dentro de un saco plástico, escuchando disparos dirigidos a quienes gemían o se movían. No es distopía. Es método.
Y esto no es solo represión. Es mecánica de terror. Humillación post-mortem. Castigo a las familias. Borrado de identidad. Reescritura del asesinado al servicio del asesino. Y mientras todo esto ocurre, ¿dónde está el rugido global?
No existe una movilización planetaria sostenida. No hay campus paralizados durante semanas. No hay una indignación organizada y persistente. Hay silencio relativo. Discreción. Titulares que pasan. Incluso los que marcharon envueltos en símbolos de liberación sexual, portando banderas arcoíris y consignas de “Free Palestine”, sin saber que manifestaban a favor de actores que, en los territorios que controlan, los ejecutarian en cuestion de segundos solo por su orientacion sexual – dejaron los tacones en casa. Silencio total.
Comparemos escalas, porque los números también delatan. ACLED contabilizó cerca de 48,000 manifestaciones pro-Palestina en solo 2 años, en 137 países. Un movimiento global, constante, omnipresente. ¿Y ante una represión que ha dejado decenas de miles de iraníes muertos en cuestión de días? Una reacción fragmentaria. Incómoda. Breve.
Ahí está la hipocresía desnuda de nuestro tiempo: el mundo no se moviliza solo por la sangre. Se moviliza por la sangre “correcta”. Por la narrativa conveniente. Por el enemigo permitido.
Israel es un blanco cómodo: visible, democrático, permanentemente fotografiable y discutible. Irán es lo contrario: opaco, intimidante, lejano, peligroso de denunciar sin pagar un precio. Es más fácil moralizar a un aliado imperfecto que confrontar a un verdugo que no tolera testigos.
Y entonces queda una verdad imposible de maquillar: no es que el mundo no sepa. Es que el mundo elige. Elige cuándo indignarse, a quién exigirle estándares imposibles, y a quién regalarle silencio e impunidad.
Esa elección no es activismo. Es teatro. Y ese es el espejo moral. Lo verdaderamente inquietante no es lo que refleja. Es cuántos prefieren no mirarlo.
El autor es empresario e inversionista Israelí