Hace unos días, en una de las salidas obligadas por mi atención a la salud, me encontré con un hombre muy cordial que me felicitó porque, a su decir, no deja de leer mi blog La Pregunta, y me dijo: “Usted está escribiendo sobre la vejez como si fuera Confucio”. Yo le agradecí la cortesía sin preguntarle siquiera su nombre porque tenía la duda de que, a lo mejor, en algún tiempo de mi vida, pudimos tener alguna relación de amistad, pero, ahí terminó el episodio.
Al regresar le encargué a mi valiosa auxiliar que procurara información sobre el elogio que me había hecho el amigo, así debo considerarlo, al atribuirme un nivel tan alto como lo es el pensamiento del filósofo chino por excelencia, y lo paso a transcribir:
“La vejez es algo bueno y placentero. Es cierto que te apartan suavemente del escenario, pero luego te dan un lugar tan cómodo en primera fila como espectador”. Confucio
Me quedé pensando en la lisonja, tratando de despejar la intención de su autor porque siempre he desconfiado de los elogios y, tal como dijera Alexander Pope, “un elogio inmerecido guarda una burla encubierta”.
El hecho es que revisé varias Preguntas anteriores en las que he mencionado lo fascinante que resulta la edad en el anciano y debo decir, sin ánimo de alarde, que me agradó encontrar juicios muy parecidos a los del sabio pensador chino, de quien leí, hace ya muchas décadas, algunas de sus geniales mega normas de vida que, en gran modo, tutelaron a la China inmemorial.
Ahora bien, la definición que Confucio da no me aplica a mí, porque luché rudamente en la juventud; fui envejeciendo en franco ocaso hasta el cenit de 95 años que estoy a punto de cumplir y no creo que se me ha hecho merecedor “de apartarme suavemente, pero luego me dieran un lugar tan cómodo en primera fila como espectador “, como Confucio afirma.
Mi caso, en realidad, sigue siendo un “Campo de Marte” y no descanso, según he prometido, en el batallar hasta el último hálito y por ello no habrá “primera fila” para mí, sino talvez, algún día, un reconocimiento por el hecho de haber adoptado la Causa Nacional como única y última de mis devociones.
En estos días leí entre las Conferencias a editarse, una que dictara en fecha 29 de marzo de año 1984 bajo el título “Tenencia, Tensiones Sociales y Marginalidad”, y la consideré emblemática porque estaba dedicada a revelar mis posiciones acerca de un Proyecto de Nación verdadero, profundo, justo, capaz de contener el egoísmo del lucro y hacer del cuidado de los rezagados las tareas fundamentales para dignificarlos al través del estatuto de la tenencia de tierra.
Eso mantuvo vivas las adversidades y estoy claro que los intereses que me combatieron siempre y no me arredraron ante sus embates a través de una jauría infame de la calumnia, no renuncian a sus rencores orgánicos.
Y no sólo en esa Conferencia que señalo toqué fibras muy sensibles de la injusticia social y la pobreza como lepra de un pueblo bueno y generoso, abandonado en los campos y parte importante de su familia hacinada luego, en las marginalidades de la capital y los pueblos mayores, con todo lo que ésto ha implicado como riesgos de caer en una anomia insalvable.
Alrededor de 1715 páginas tendrá la edición de mis Conferencias; vale decir, 4 tomos de más o menos 435 palabras cada una, y llevarlas al anaquel tradicional es deber, ya, de mi familia porque los hechos me han dado razones impresionantes para mis vaticinios y algún día surgirán los conflictos con las modalidades abismales que suelen hacerlo y será bueno tener por escrito algo siquiera de lo que opinara y advirtiera su tronco.
Quizás así aparezca en un futuro alguna razón que pueda llevarme en el recuerdo de mis defendidos a sentarme, no en “primera fila”, sino entre sus valiosos reconocimientos de gratitud por los esfuerzos tremendos de aquel joven que asumiera su causa y supo llegar al fin sin variar sus demandas, ni abdicar de sus convicciones, en cuanto a que la República Dominicana sería más justa en la medida en que ellos fueran incorporados a un estatuto de vocaciones que los sacara del rebaño repugnante del fenómeno electoral y los recibiera con los brazos abiertos en la condición de ciudadanos responsables en el progreso y crecimiento de su Patria.
Aparecerán, eso pienso, los puñados que se harán cargo de que esos ideales y sueños permanezcan con la energía mayor del reclamo capaz de remover la conciencia del egoísmo, para sanearse al servicio de la sagrada consagración a todo cuanto pueda significar justicia social y redistribución del ingreso como norma intocable de nuestra convivencia.
Claro está, todo ello demandará coraje, energías éticas irrompibles y nuevas modalidades de batalla. Una de ellas, luchar contra el siniestro y creciente dominio del Crimen Organizado. Y esto es mucho decir, pero necesario es señalarlo, para que no se entienda que la Causa Nacional puede ser de ningún modo banalizada, ni manipulada, ni ensombrecida por segundas intenciones.
La Patria está ahí. Muchos no lo advierten y será su sorpresa su reactivación.
En suma, un viento bonancible impulsa las velas del espíritu y es oportuno alojarlo en este seno amable de la Reminiscencia, que será editada en un segundo tomo en preparación.