El Sistema Educativo de la República Dominicana ha sido objeto de múltiples reformas, diagnósticos y debates en las últimas décadas. Aunque ha experimentado avances significativos, persisten desafíos estructurales que condicionan: la calidad de la enseñanza, la formación docente y el acceso equitativo a oportunidades educativas.
Una de las fortalezas más relevantes en los últimos años ha sido el aumento del presupuesto educativo al 4% del Producto Interno Bruto (PIB), una conquista lograda por la presión social y ciudadana. Este incremento ha permitido mejorar la infraestructura escolar, ampliar la Jornada Escolar Extendida y ofrecer programas de alimentación estudiantil. También se han impulsado iniciativas de modernización curricular y de capacitación docente.
Sin embargo, a pesar del aumento de recursos, los resultados en términos de calidad siguen siendo limitados. Las pruebas nacionales e internacionales, como el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), muestran que los estudiantes dominicanos presentan bajos niveles de competencias en lectura, matemáticas y ciencias. La enseñanza sigue siendo mayormente memorística, con escasa promoción del pensamiento crítico y la creatividad.
La formación de los docentes representa un punto neurálgico. Aunque existen esfuerzos por elevar la calidad de la formación inicial y continua, muchos maestros carecen de dominio de los contenidos y de estrategias pedagógicas innovadoras. Las escuelas de educación requieren una transformación profunda para responder a las exigencias del siglo XXI. Además, las condiciones laborales, como la sobrecarga administrativa y las brechas salariales, afectan la motivación y el desempeño del profesorado.
En cuanto al acceso a la educación superior, si bien ha aumentado el número de estudiantes que culminan el bachillerato, el porcentaje que logra ingresar y permanecer en las universidades sigue siendo bajo. Factores económicos, brechas académicas y falta de orientación vocacional limitan el tránsito efectivo hacia niveles superiores.
La familia también juega un rol esencial, pero muchas veces ausente, en el proceso educativo. En sectores vulnerables, las limitaciones económicas, la disfuncionalidad familiar y la falta de tiempo y de formación dificultan el acompañamiento escolar. La corresponsabilidad entre familia y escuela es clave para el desarrollo integral del estudiante.
Un actor de gran peso en el panorama educativo es la Asociación Dominicana de Profesores (ADP). Esta entidad ha sido defensora de los derechos laborales del magisterio y promotora de mejoras salariales y condiciones laborales. No obstante, también ha sido criticada por priorizar intereses gremiales sobre los académicos, promoviendo paros que interrumpen el calendario escolar y debilitando procesos de evaluación docente. Asimismo, la politización del 4% limita su impacto real: prioriza intereses partidarios, sobrecostos y clientelismo, afectando infraestructuras, calidad docente y aprendizajes sostenibles en las aulas.
En resumen, el sistema educativo dominicano presenta luces y sombras. Las políticas públicas han generado progresos en cobertura e infraestructura, pero aún falta fortalecer la calidad pedagógica, la formación docente y la cultura de evaluación. La transformación educativa requiere del compromiso articulado del Estado, las familias, los docentes y la sociedad civil, con el propósito de garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad para todos los estudiantes dominicanos.