Cuando a finales del año pasado se informó de la posible adquisición por Netflix del segmento corporativo de películas de Warner Bros., así como del posterior rechazo por el directorio de Warner de una propuesta competitiva de compra presentada por Paramount, un grave temor se propagó en el sector de los establecimientos cinematográficos. En la medida en que el mercadeo y difusión de las películas se canalice directamente a los hogares de los usuarios, un menor volumen se dirigirá por la vía de los cines, agravando las dificultades financieras que los aquejan, ya debilitados por sus meses de inactividad durante la pandemia. Esa transformación, evidentemente, no hubiera sido posible en ausencia de los adelantos tecnológicos y las grandes inversiones llevadas a cabo en el internet y las redes de informática.
Pero el anuncio de la transacción, a pesar de que aún debía superar difíciles obstáculos regulatorios, motivó también serias reflexiones e inquietudes en un ámbito diferente al económico. En términos sociales, el posible acuerdo puso de manifiesto una tendencia que no es vista con buenos ojos por numerosos expertos en asuntos de convivencia y relaciones interpersonales. Esos analistas interpretan la adquisición como un indicio adicional de lo que describen como la fragmentación de los vínculos que otrora sustentaban estructuras sociales más compactas, siendo reemplazados por comportamientos individualistas, centrados en torno a círculos familiares y laborales más estrechos. Expresan en ese sentido su creencia en que esa tendencia lesiona la capacidad de respuesta conjunta a los desafíos que las comunidades inevitablemente deben enfrentar, suplantándolos con respuestas aisladas en función de conveniencias e intereses que no necesariamente coinciden con los del conglomerado social.
El punto de vista de muchos economistas, según revelan encuestas y evaluaciones, es diferente. Desde su perspectiva analítica, los avances técnicos han incrementado, no disminuido, la conectividad y la capacidad de las personas para manifestarse y actuar coordinadamente por medio de la comunicación directa y las redes sociales, cuyo acceso está continuamente disponible. En ese sentido consideran que lo que ha sucedido es que el contacto personal ha ido siendo reemplazado por el contacto virtual, más que compensando el impacto perjudicial que la menor presencia física podría tener sobre los vínculos sociales.
Falta algún tiempo para que las consecuencias del proceso sean comprendidas a cabalidad. Será entonces cuando se defina cuál de esos dos puntos de vista prevalecerá.