No quedé satisfecho con mi Reminiscencia anterior en el sentido de que en aquella coyuntura de finales de la Segunda Guerra y las menciones que hiciera sólo de dos de sus generales legendarios, George Marshall y Douglas MacArthur, omití otro de niveles heroicos.
De Comandante que fuera de las fuerzas aliadas, guía del rescate de Francia y de Europa misma desde Normandía, ¿cuál puede ser el mérito supremo de éste? Su serenidad para lidiar con su desbordante prestigio logrado en guerra y, luego, su Presidencia de dos períodos.
Ésto iguala los gestos de los otros dos mencionados, porque cuando ya estaba en lecho de muerte enviaba un trascendental mensaje a su pueblo advirtiéndole “cuidarse del establishment que fabrica las armas y suscita las guerras”. Un soldado como aquél le rendía un tributo a la Paz como ningún otro, Dwight Eisenhower.
Por otra parte, existen otros aspectos de los dos generales, Marshal y MacArthur, que son notabilísimos, que no pueden ser olvidados como pasajes anecdóticos, sino que reflejan la profundidad de su circunspección, como por ejemplo la mostrada cuando se presentó la cuestión de decidir qué hacer con la Bomba, la necesidad imperiosa de lanzarla, el blanco de las ciudades a escoger como objetivos disuasivos para terminar la guerra. En fin, momentos cruciales de la humanidad.
Ambos coincidieron en un no rotundo a que fuera Tokio, “porque ya había sufrido daños espantosos por bombardeos devastadores.” Asimismo, que no podría ser en ninguna de las dos islas heroicas del Japón, Iwo Jima y Okinawa, que ofrecieran una inmolación y resistencia inenarrables frente a su ocupación, ni tampoco ningún otro campo abierto porque no sólo se arrasarían los soldados japoneses, sino también los propios, y muy a su pesar señalaron las dos ciudades a ser sacrificadas por ese intento de impedir matanzas mayores de ambos lados, estimadas en millones de mártires inocentes.
Otro aspecto a tocar, el homenaje que recibiera MacArthur y su suerte, luego en Corea, frente al cual yo recuerdo haber presentido que no había agradado a la clase política norteamericana y su Presidente. Los celos de siempre. Naturalmente, sobrevino la Guerra de Corea en el año 1950 y nuevamente volvió a ser MacArthur el conductor de los ejércitos bajo palio de un mandato de Naciones Unidas, tendente a evitar que la parte del norte ocupara el sur de la península y de ahí surgió el famoso Armisticio del Paralelo 38.
MacArthur entró por Inchón, venció y contuvo al norte de Corea, pero propuso seguir hasta la frontera con China, incluso, utilizando “de ser necesario” el arma atómica. El Presidente Trumann lo reprendió públicamente y lo separó del mando pasándole a retiro.
A mí me pareció siempre que por ahí anduvo el celo político luego de los dos millones de newyorquinos que reconocieron al héroe.
Ese aspecto es muy delicado porque la democracia norteamericana se ha reputado desde su fundación como un ejemplo de obediencia de unas fuerzas armadas al poder civil. Es más, a su no participación en ningún caso, en el territorio de esa gran Nación.
Sin embargo, esa Segunda Guerra Mundial con sus sesenta millones de muertos despertó una simpatía especial por sus mandos militares y fue obvio el alborozo de los tributos ofrecidos por la paz lograda por la victoria.
Eisenhower fue premiado con la presidencia y no despertó recelo alguno. Pero el intrépido e intemperante héroe del Pacífico tuvo otra suerte: la degradación por su “exigencia al poder civil”, en previsión de que no ocurriera lo que finalmente ocurrió: Corea del Norte, innegable potencia comunista, con el arma y los misiles para lanzarla si fuera conveniente sobre las propias ciudades mayores norteamericanas.
Hoy me agrada recordarlo, porque participé en disputas y controversias cuando esas cosas ocurrían. Y pido que ustedes, amables lectores, le concedan al General Douglas MacArthur, además del reconocimiento de su glorioso mando militar, algún grado profético, en su supuesta exigencia al poder civil, porque se vio bien claro cómo evolucionó el conflicto de la península coreana con un sur democrático y progresista formidables y un norte oprimido, pero convertido en potencia nuclear.
Al observar cómo tratan a Donald Trump en el presente, cuando está en un delicado momento de intentar la paz después de poner en pausa la guerra, me llevó al convencimiento de que estos momentos del mundo resultan repugnantes porque a él se le niega todo derecho a pensar, no sólo en la seguridad de su pueblo y el mundo en previsión de una catástrofe nuclear, sino sus afanes por restaurar lo que va ya devastado por conflictos complejos, como lleva y padece Israel, amenazado de ser pulverizado en 24 horas, con un recuerdo perpetuo del Holocausto, y tenedor de la Bomba también, y surgiendo claramente el dilema de quién destruiría a quién, si Irán a Israel o viceversa.
Por todo ello, resultan muy injustos y desacertados, además, estos pujos de crítica arrogante que se empeñan en borrar de la historia el papel de este hombre singularísimo, más de paz que de guerra. Independientemente de cuanto haya emprendido para el saneamiento interior de muchas aberraciones que hicieron descender a su pueblo casi a una categoría de tercermundista. “America First” va caminando, no hay dudas, y se ve reaparecer una especie de Destino Manifiesto nuevamente, pero, muy probado en su buena fe por “El Rey” Trump que tanto se le odia a muerte.