El fin de semana pasado, el Banco Central de la República Dominicana despachó el documento “República Dominicana ante un choque petrolero de naturaleza incierta: Un análisis del impacto del conflicto bélico del Medio Oriente en la economía”. Elaborado por los asesores de la Gobernación, busca orientar a los agentes económicos en medio de esta incertidumbre ocasionada por el cierre del estrecho de Ormuz mientras Venezuela y Rusia producen y exportan crudo.
Resaltamos, ante todo, su valor y pertinencia cuando nuestra economía, hidrocarburodependiente, debe atender, forzosamente, los efectos de los conflictos del Medio Oriente y los “posibles cambios estructurales en el mercado petrolero global en horizontes más amplios” sobre “la inflación, el crecimiento y los balances externo y fiscal en el corto plazo”.
El documento aborda la actualidad “desde una doble perspectiva”: coyuntural, enfocando los impactos inmediatos; y estructural, atentos a las transformaciones en la oferta global de crudo. Sopesa su impacto en nuestra economía: “su naturaleza, efectos a corto plazo, grado de persistencia y las implicaciones estructurales para el diseño y la ejecución de la política monetaria en un entorno de alta incertidumbre externa”.
Los asesores cifran esperanzas en el incremento de la producción petrolera en Medio Oriente, considerando que “tendría efecto moderado en los precios del crudo en el corto plazo” y, en el mediano, “contribuiría a disminuir los precios internacionales”.
Entre los probables efectos inmediatos de este choque, resaltan el “dilema de política monetaria” que provocaría presiones simultáneas: inflacionarias y desaceleración económica, afectando las metas de inflación. Ante él, la restricción monetaria contendría la inflación aunque acentuaría la desaceleración. Sin embargo, consideran que sus efectos serían “limitados sobre los precios debido al carácter exógeno del choque”.
Quizás apostando al optimismo, los asesores refieren que “el choque transitorio implica un impacto de corto plazo del encarecimiento del petróleo”, afirmación que podría soslayar la estrategia subyacente al conflicto: Estados Unidos necesita reponer su economía después de décadas de déficits orientados a propiciar su objetivo mayor: la desarticulación global del comunismo. La realidad del petrodólar, unida a la supervigilancia coordinada de los yacimientos más importantes por parte de EE. UU. y Rusia, más las señales económicas no conflictivas relativas al petróleo que involucran a Rusia, ¿indicarían una visión compartida: “la nueva realidad” se sostendrá sobre este “commodity” y se consensúa con China?
Es un aspecto preventivo a considerar, pese a la certeza a la fecha de que “la curva de futuros muestra cotizaciones de largo plazo inferiores a las de corto plazo, con precios proyectados por debajo de US$80 por barril hacia diciembre de 2027”.
El equipo asesor resalta las fortalezas nacionales para mitigar los efectos del choque: PIB de 4.1% (primer trimestre, 2026), remesas, ingresos por turismo (±US$12,500 millones), apreciación monetaria de +5.3%, IED y oro que, en tal esquema tipo “lo comido por lo servido”, fungirían como escudos ante los riesgos inminentes.
La nota advierte riesgos moderados hasta finales del 2027, consistentes en variaciones respecto a la proyección 2026: a) balanza de pagos de +0.9; b) inflación en 0.11 sobre el rango meta (abril, 2026); c) factura energética: +US$900 millones; d) posposición de la facilidad de liquidez de RD$46 mil millones; e) EMBI, indicador de riesgo país calculado por JP Morgan: 87 puntos básicos menos que el promedio regional.
Científicos de la economía, los asesores ponderan partiendo de datos fuertes. El mundo va, además, hacia la multipolaridad consentida. Existen fundamentos geopolíticos en este choque, económicamente vitales para sus actores protagónicos quienes, además, poseen la capacidad de modelar la economía global y sus mercados a su interés, imagen y semejanza. Entretanto su perfil se abocete y su voluntad es manifieste, procede prevenir y promover soluciones económicas vitales. Puede haber llegado la hora de prescindir del 10.1% de derivados de petróleo en la generación eléctrica y construir presas hidroeléctricas; también, de incentivar el uso de vehículos eléctricos para reducir el 53.6% de todos los derivados del petróleo que consume este sector; avanzar hacia la transición energética promoviendo la adaptación de los equipos domésticos e industriales a gas natural, para obtener un ahorro económico familiar e industrial entre el 35% y el 45%. Liberar al país, en algo, de esa espada de Damocles petrolera y estar, en lo que nos concierne, más indemnes ante los actos de las voluntades que mueven el mundo; de la seductora, grandiosa y paralizante corpulencia del “Ahogado más hermoso del mundo”; avanzando hacia la seguridad energética.