La violencia contra la mujer en República Dominicana ya no es una estadística: es una emergencia nacional. Más de 700 mujeres asesinadas desde enero de 2020 hasta mayo de 2026. Detrás de cada número hay una madre, una hija, una hermana, una vida interrumpida por la violencia y un país que todavía no logra enfrentar con suficiente contundencia una de sus tragedias sociales más profundas.
La República Dominicana atraviesa una crisis silenciosa que se repite con una frecuencia aterradora. Mientras el país discute economía, política o reformas institucionales, cientos de mujeres continúan muriendo dentro de sus propios hogares, muchas veces a manos de quienes un día prometieron amarlas y protegerlas.
Los datos oficiales son devastadores. El Compendio de Estadísticas de Mujeres Fallecidas en Condiciones de Violencia, publicado por la Oficina Nacional de Estadística (ONE), documenta que entre 2020 y 2024 murieron 708 mujeres en condiciones de violencia, y que el 77.5% de los casos estuvo vinculado a violencia de género e intrafamiliar. Traducido a la realidad cotidiana: durante cinco años, una mujer fue asesinada aproximadamente cada dos días y medio en el país.
El año más crítico fue 2022, con 163 víctimas. Aunque 2025 mostró una ligera reducción estadística, el alivio duró poco. Hasta mayo de 2026 ya se registraba un incremento de 36.4% en feminicidios íntimos respecto al mismo período del año anterior. La violencia regresó con fuerza y dejó al descubierto que el problema nunca desapareció; simplemente permanecía contenido bajo una frágil tregua.
Otro aspecto que genera preocupación es el señalado por el informe del OPD-FUNGLODE, el cual advierte que durante 2022 y 2023, por primera vez, la cantidad de homicidios de mujeres no clasificados oficialmente como feminicidios superó a los casos tipificados bajo esa categoría. Esta realidad ha encendido las alertas entre expertos y organizaciones de derechos humanos, quienes consideran que la dimensión real de la violencia contra la mujer podría estar siendo parcialmente invisibilizada por criterios técnicos o limitaciones en la tipificación jurídica de los casos.
Pero quizá el dato más alarmante no sea la cantidad de mujeres asesinadas, sino el silencio que rodea muchas de estas tragedias. Según informes oficiales, apenas cuatro de las treinta mujeres asesinadas en los primeros meses de 2026 habían denunciado formalmente a sus agresores. El 87% murió sin protección efectiva del Estado.
Eso revela una falla estructural profundamente dolorosa: miles de mujeres siguen sintiendo miedo de denunciar, desconfianza hacia las instituciones o dependencia emocional y económica de sus agresores. Y cuando finalmente buscan ayuda, muchas veces el sistema llega tarde.
Un ejemplo profundamente lamentable es el caso de Esmeralda Moronta, el cual estremeció al país. Fue asesinada por su expareja al salir de una unidad de atención a la violencia de género, donde precisamente había acudido en busca de protección. Dejó dos hijos huérfanos. Su historia resume con dolor el drama nacional que viven muchas mujeres dominicanas: víctimas que intentan escapar de la violencia, pero que terminan encontrando un sistema incapaz de responder con la rapidez y eficacia que una situación tan delicada exige.
Las cifras también muestran patrones repetitivos. Más del 70% de los feminicidios ocurre dentro de la vivienda. Muchos crímenes están motivados por celos, separación sentimental o control obsesivo. Las armas de fuego y las armas blancas predominan como instrumentos de muerte. Y las edades de las víctimas van desde niñas hasta mujeres envejecientes.
La violencia feminicida no comienza el día del asesinato. Empieza mucho antes: con el control excesivo, los insultos, la manipulación emocional, las amenazas y las agresiones normalizadas dentro del hogar. Por eso, enfrentar este problema requiere mucho más que condenas públicas después de cada tragedia.
La República Dominicana necesita una política nacional integral y permanente. Es urgente fortalecer las casas de acogida, ampliar la atención psicológica gratuita, garantizar órdenes de protección rápidas y efectivas, crear sistemas de monitoreo para agresores reincidentes y establecer programas de educación emocional y prevención desde las escuelas.
También resulta fundamental trabajar la salud mental, combatir la cultura machista y desarrollar campañas comunitarias permanentes que ayuden a identificar señales tempranas de violencia.
Porque cada feminicidio representa el fracaso colectivo de una sociedad.
Y porque ninguna cifra puede acostumbrarnos al dolor de perder otra mujer más.
Por favor, ni una más.