Hace cerca de un siglo un científico soviético, Vladimir I. Vernadsky, llegó a dos conclusiones que para esa época eran inusuales. Había estado analizando las fuerzas que a lo largo de la existencia del planeta habían moldeado sus características. Volcanes, terremotos, ríos, inundaciones, meteoritos, eras glaciales, desplazamientos tectónicos, entre otras causas, figuraban entre ellas.
Su primera conclusión fue que los seres humanos, debido a su capacidad tecnológica y por el número de habitantes, se habían convertido en el equivalente a una fuerza geológica en cuanto a su incidencia en la transformación del planeta. Esa conclusión ha demostrado ser cierta. Su segunda conclusión, más una predicción que un hecho cumplido, fue que la humanidad, apoyada en la ciencia, actuaría a fin de atenuar y reparar los daños causados, dando paso a un planeta regido por la razón. Esa predicción, típica de la visión optimista de una sociedad futura libre de las aflicciones del presente, no se ha hecho realidad.
Hasta hace poco tiempo, teniendo en cuenta el grave deterioro ecológico dejado por las políticas económicas soviéticas y chinas, era comúnmente aceptado que las naciones con gobiernos democráticos eran más proclives a tomar medidas correctivas de los perjuicios provocados por sus habitantes. Se mencionaba en ese sentido que en entornos democráticos los defensores del medio ambiente tenían mayores posibilidades de poder difundir sus mensajes e influir sobre las decisiones.
Más recientemente, sin embargo, decisiones en varios países democráticos, tanto desarrollados como emergentes, han debilitado ese punto de vista al aplicar disposiciones que otorgan una menor importancia a los asuntos ecológicos. Ha surgido, por lo tanto, el criterio de que el factor preponderante en la actitud colectiva respecto de la ecología no es fundamentalmente político sino social. No es el sistema de gobierno lo que explica la disposición para formular, aceptar y aplicar medidas correctivas de las amenazas ambientales, sino los factores determinantes del comportamiento social, incluyendo educación, estabilidad, visión de futuro, responsabilidad generacional y fortaleza institucional.
La segunda conclusión de Vernadski, en consecuencia, no ocurre de forma natural como resultado de la actuación de los seres humanos. Depende de la presencia de condiciones que no necesariamente existen sólo porque haya un esquema político con elecciones periódicas y libertad para expresar ideas. Se requiere que el conglomerado social posea una escala de valores que propicie modificar conductas y estructuras productivas en base a prioridades ecológicas comúnmente aceptadas.