El pasado domingo 11, la guerra entre Ucrania y Rusia llegó al día 1,418. Un número que quedaría relegado a la simple estadística, a no ser que, en términos comparativos, el mismo se equiparó con la duración de la Gran Guerra Patria entre la Unión Soviética y la Alemania nazi (1941-1945).
Al día de hoy, ese conflicto periférico, que envuelve buena parte de las fuerzas armadas rusas en territorio ucraniano (y la totalidad de efectivos de Ucrania), supera en dos días a lo que fue la mayor amenaza existencial de la Unión Soviética y todas sus repúblicas, entre las cuales se encontraban –irónica y tristemente– Rusia y Ucrania.
En la reunión del alto mando del Estado Mayor de la Wehrmacht, del 3 de febrero de 1941, varias entradas hechas por algunos de los participantes en sus respectivos diarios, señalan que Hitler, al referirse al plan de ataque, indicó que una vez fuera ejecutado Europa contendría el aliento.
Nada más lejos de la realidad. La frase reflejaba toda la soberbia política y militar de Hitler –que a la postre sería la perdición del ejército alemán–, a la vez que su modo de pensar, que no solamente humillaba los pueblos que agredía, sino que despreciaba de manera absoluta el derecho internacional.
Ubicados en la periferia imperial y subordinados a las informaciones recibidas a través de los canales noticiosos de las principales agencias informativas mundiales –las cuales tienen sus sedes en ciudades de Occidente, o Rusia y sus países satélites–, estamos condenados a una dinámica limitada y sesgada de acceso a la información en tiempo presente.
Si en toda guerra la primera víctima es la verdad, entonces, lograr acceso a la verdad en tiempos de guerra es prácticamente imposible, y de ello no escapan periodistas, comunicadores y ciudadanos, pues están supeditados a los controles, censuras, intereses o ideologías de las agencias noticiosas.
Para poder tener acceso a verdades “diferentes” hay que recurrir en tiempo real a canales informativos alternos (grupos de telegrams, whatsApp, podcast, analistas militares “independientes”, etc.), aun a sabiendas de que, a su vez, esa información es imprecisa sesgada y manipulada.
Sobre esa base, las informaciones sobre las cuales se estructuran artículos de opinión (como este), necesariamente son limitadas; aún así, el tiempo transcurrido permite inferir –así sea de manera especulativa– que el curso de la guerra no se correspondió a la planificación del agresor (Rusia), ni a las expectativas de la parte agredida (Ucrania) y sus aliados (OTAN).
Hoy, la guerra se antoja no solamente estéril, sino también absurda y sinuosa, pues lo que está en juego no es el resultado militar ni conquistas territoriales, sino la configuración política del nuevo orden mundial, y eso no se decidirá en las llanuras ucranianas –o en Kiev–, sino a medio camino entre Washington y Moscú.