La maternidad nunca será sencilla, ni fácil, ni exenta de complicaciones. A todas nos cambia, pero lo hace de maneras distintas.
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¿Han leído el poema “Llanto sin termino por el hijo nunca llegado”?
Lo escribió una dominicana. Carmen Natalia Martínez. De todos los poemas sobre maternidad, o el deseo de la maternidad, o la maternidad deseada y no encontrada, es uno de los que más hondo me ha sembrado la dual sensación de felicidad y desasosiego que significa traer un hijo, una hija, al mundo.
Carmen Natalia, quien no tuvo hijos ni tuvo hijas, vivió en el exilio en Puerto Rico, escapando de la garra de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Tiene una obra que merece ser republicada y conocida por todos.
Dice Carmen Natalia, al empezar su largo poema, publicado en 1960 luego de que resultara ganador de un concurso del Ateneo Puertorriqueño un año antes, lo siguiente:
“Te invoqué desde el fondo del abismo. / Te llamé, desesperadamente, / gritando el dulce nombre a tus oídos …/ pero tú estabas lejos. / Tan lejos, hijo mío, como las rútilas estrellas, / durmiendo un largo sueño interminable…/ y no me oíste. Entonces, hundí mi rostro en el polvo del camino/ y te lloré, con un llanto sin consuelo/que sembró sus cristales sobre la tierra dura. /Te lloré con el llanto más amargo y recóndito/que jamás ha llorado ojo humano en el mundo. / Nueve llantos de luna/y un llanto décimo y sin término sobre la tierra dura.”
Junto a Carmen Natalia les quiero compartir trozos de algunas reflexiones que recupero, notas sueltas en espacios digitales caducados, repartidas en estos trece años en que, contrario a Carmen, no solo invoqué un hijo, sino que lo hice carne y le he dado abrigo entre los abismos que me habitan.
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Para muchas, la maternidad es un camino que las hace mejor persona, o les plantea otro mundo que las satisface, que las completa, o las llena. Muchas son inmensamente felices, medianamente felices, más o menos felices.
Para otras la maternidad es un peso, una imposición que les hace la vida pesada, desgraciada, en ocasiones insoportable, que las hunde, que les enseña la lección de la resignación, del callar, del aceptar con poca felicidad.
Están las que ganan y las que pierden. A las que las alivia y a las que les duele. Las empoderadas, las miedosas, las tristes, las felices. O una mezcla de todo, en distintas dosis.
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Llanto primero.
Nos dice Carmen, desde la eternidad de sus palabras, en los primeros versos de “Llanto primero”, la primera parte de su largo poema.
“Duerme, hijo mío, duerme. /La noche es infinita como mi amor, /y apaga sus estrellas/ para que nada turbe tu sueño, ni siquiera/la luz… Duerme, hijo mío…/La luz es la verdad y es la vigilia. /Noche: ¡apaga tus lámparas insomnes! / Luna: ¡arropa tus carnes! / No se filtre la luz en sus pupilas! / Duerme, hijo mío, duerme. / Coge mi mano. Oprímela. Estoy aquí, contigo.”
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Están las arrepentidas, las madres de los hijos que mueren tras una larga enfermedad, o de la brevedad de un momento, de los suicidas. Están la de los hijos que matan a otros hijos. La madre sentada en el tribunal, la del condenado, la del sicópata o violento o violenta. Del asesino o del asesinado. Las que esconden la cara, las que piensa que no debieron ser madres, que no supieron ser madres.
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Llanto segundo, últimos versos.
“Quería jugar con niños que no temblaran de pavor / ante la sombra repentina de un uniforme sobre el suelo. / Quería jugar con niños que supieran reír / sin toparse la boca con angustia. / Eso quería en mi egoísmo. Eso.”
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Las muchas madres del niño o la niña que nunca va a sonreír, o decirle “mamá” o de los que no caminan, ni se valdrán nunca por ellos mismos. Las madres del bipolar, del esquizofrénico, de los que nacen con alguna enfermedad. Esas muchas que esconden su dolor, su impotencia y su desamparo con «es una bendición» y lo repiten como un mantra con el que quieren sanarse, con la que quieren sanarlos.
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Llanto tercero, primeros versos.
“Tal vez fue cobardía. / Pero pensé que un hijo / siempre tiene derecho a preguntar: / “¿Por qué lo hiciste?» … Y sentí miedo. / Miedo a las abismales preguntas de los niños! / Y, además, aquel aire. / Aquel aire viscoso, espeso como engrudo, / donde las alas se quedaban rígidas /y el ímpetu del vuelo desnucado. / ¿Qué hubieras hecho tú con tus recién nacidas alas?”
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Las madres que nunca parieron, que criaron a los hijos e hijas de otros. A las que detuvieron su vida para amparar a los abandonados, a las que les llegó la maternidad por la vía menos esperada. A la que siempre le dirán «es como si lo hubieras parido» «madre es la que cría».
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Llanto cuarto, primer párrafo.
“Yo te soñé, hijo mío. / Te soñé sin un rostro preciso. Sin un color determinado / para el iris abierto a la desolación del mundo. / Sin la medida exacta de tu estatura física. / Más te soñé la pensativa frente / y te soné la franca, la cordial sonrisa.”
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Están las que insisten hasta que lo logran. Y las que insisten sin lograrlo. Y en ello, a las primeras, se les derrumba y reconstruye la vida. Y a las segundas, se les derrumba la vida para en la mayoría de las ocasiones construirla de otra manera.
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Llanto quinto, último párrafo.
“No había un espacio libre de mordazas. / No había un espacio libre de puñales. / No había un espacio para ti, hijo mío. / En cincuenta y tantos kilómetros cuadrados / de tierra generosa y fértil / no había un espacio limpio / donde cupiera tu rosado cuerpo!”
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Madres solas, sin compañía. Madres solas, acompañadas. Madres en tribu de sus iguales. Madres amparadas y desamparadas.
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Llanto sexto, últimos versos.
“Si yo te hubiera dado vida, / hijo mío, nunca jamás nacido…/ Qué dulce canción de amor habrías hecho / con la vida que yo te hubiera dado!”
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Decidir ser madre cada día sobre lo que vivimos, no sobre lo que soñamos. Entonces, lo sepamos o no, somos la madre que podemos ser, no la que soñamos ser. Y amamos y odiamos, y nos aliviamos y nos dolemos, y tenemos rabia, y tenemos alegría, y rencor, y cansancio, y culpa, y palabras y silencios.
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Llanto séptimo.
“Cuando tú hubieras visto: / Duras patas de bestia sobre pechos escuálidos. / Claros puños erguidos bajo un cielo tasado. / Rojos cinturones férreos oprimiendo esperanzas. / Largas cabelleras sueltas barriendo el seco polvo. / Cadáveres de sueños. / Cadáveres de llanto. / Cadáveres de sangre. / Cadáveres de plomo… caminando… caminando”.
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La maternidad es, a lo largo de nuestras vidas de madres, varias maternidades, distintas desde nuestro centro, desde lo que nos queda, desde lo que nos abandona. Nudos en el hilo que nos ata a ese hijo, a esa hija.
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Llanto octavo.
“Cuando tú hubieras visto que era yo quien sufría… / Sombra en mi carne y en mi sueño. / Y muerto de muerte poderosa y arbitraria / todo lo mío: mis nardos, mis orquídeas, / y mis rosados caracoles / y mis simples hormigas / y el torrente y el río de mi heredad / y mis efímeras mariposas y mi sueño… / Mi sueño de tenerte a ti hijo mío!”
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Las madres soñamos con un futuro para ellos, para ellas. Soñamos y deseamos sueños de orgullo, de triunfos. Soñamos con la pesadilla del fracaso de ellos, de ellas. Espantamos las pesadillas, nos asimos al sueño del triunfo. Tratamos de amar por encima de los sueños, por encima de las pesadillas.
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Llanto noveno.
“Hijo mío, nacido un poco más allá del horizonte, / con los pies desarraigados, sueltos / como cabellos de ángel… Hijo mío … / Solo ahora, cuando es tarde, / sé que hubieras querido nacer un día cualquiera / no importa cuán escaso fuera el aire / para tus alas nuevas. / Sólo ahora, cuando es tarde / sé que hubieras querido sufrir por mis heridas.
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Un deseo hoy: que todas podamos ser, a pesar de nuestras ganancias y pérdidas.
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Nos dice Carmen Natalia en la última parte de su largo poema, en su llanto décimo y sin tiempo.
“Hijo nunca llegado, pero amado / más allá de tu angustiosa irrealidad. Hijo perdido / sin haberte encontrado. Hijo llorado / con todo el llanto de mis insondables ríos desbordados. / Hijo sin tiempo, sin espacio. / Sin ayer ni futuro. Hijo inmaterial y desuncido / de mi carro. Hijo lejano y triste / por no haber nacido un día claro de sol y de alegría. / Hijo mío, desligado de mí para toda la vida, / desligado de mi pena y mi vacío. / Hijo nunca llegado, pero siempre ceñido a mi cintura / junto con el cilicio que me hiende las carnes. / Hijo de mi tormento y mi vergüenza / por no haberte legado la vida que pedías.”