Xiomarita pérezxiomaritabaila@gmail.com
Hay documentales que informan, y hay documentales que remueven algo por dentro. “La Magia del Tambor” es de los segundos. No lo digo porque cuente bien una historia, sino porque esa historia es, en el fondo, la historia de todos los que hemos crecido escuchando un atabal a lo lejos y sintiendo que ahí hay algo nuestro, algo que nos pertenece antes de entenderlo. Florentino “Magic” Mejía no se hizo percusionista en una academia. Se hizo tocando en el barrio, aprendiendo palos, salve y percusión afro dominicana donde esos ritmos todavía se transmiten de mano en mano, sin partitura, sin apuro. Esa raíz es la que después se convirtió en el Grupo Marassá, y es también, para mí, lo más valioso del documental: no vende un mito, muestra un proceso. Un niño que se enamoró del cuero y la madera antes de saber que eso tenía un nombre: vocación.
Un vínculo que se hereda
Hubo un instante, durante la proyección, que no voy a olvidar fácilmente: cuando su madre tomó la palabra para hablar de ese apego que Magic siempre tuvo a sus instrumentos. Ahí entendí que el tambor no es solo técnica ni afinación, aunque las exige, es también un vínculo que se hereda en casa, entre una madre que observa y un hijo que no suelta el cuero. Ese simbolismo de unión y fuerza que tiene el membranófono no está solo en la teoría del folklore: estaba en esa sala, encarnado. Marassá, con sus distintas generaciones de integrantes, es la prueba de que un grupo folclórico no muere cuando cambian sus caras, muere cuando se le olvida su porqué. Y este no lo ha olvidado.
Vale la pena protegerlo
La noche cerró como debía cerrar entre nosotros: con canto, baile y un sancocho con arroz blanco compartido entre todos, posible gracias al respaldo del Ministerio de Cultura, Mecenazgo y la Cofradía Fundación Cultural, que apostaron por esta memoria como quien apuesta por algo que vale la pena proteger. Por eso no quiero quedarme solo en contar quién tocó qué instrumento. Quiero quedarme con lo que de verdad importa: que seguimos teniendo hombres y mujeres dispuestos a investigar la sonoridad de lo nuestro, a buscar que un tambor “rime” con otro, y a convertir eso en documental, en escuela, en memoria. Ese es el verdadero relanzamiento, no el del grupo, sino el de la conciencia de que esto no se puede perder.