Por Wanda Espinal
El otro día, le salí corriendo a una persona.
La persona en cuestión es, sinceramente, excepcional. Tiene la habilidad de recordar detalles de tu vida, estar pendiente; sabe diversos oficios y los enseña. Si es verdad eso de que «hay vibras que hablan», la suya es maravillosa.
Pero ahí reside el problema, y la razón de mi inexplicable huida. Desde hace un tiempo, ha cambiado el guion. Ya no son conversaciones ligeras, ahora son sondeos profundos, preguntas que me obligan a mirar de frente un futuro que siempre he preferido mantener en calma. Siento que me exige una seriedad, una introspección que antes no existía entre nosotros. Y no es que sea malo, jamás, pero lo que yo buscaba, lo que genuinamente amaba de esa conexión, era justo su ligereza: el poder simplemente ser sin la carga de la trascendencia.
Mi vida, después de todo, es muy monótona, no hay grandes cambios tan frecuentemente. Hay días en los que quiero comerme el mundo, y hago mil planes en mi cabeza. Y hay otros días en los que me limito a existir, respirar y seguir el curso del día. A veces la carga es tan pesada, que simplemente quiero pasar el rato pintando mandalas, jugando alguna porquería en el celular, o viendo videos graciosos y compartirlo con amistades. Sin necesidad de reflexionar nada. Sólo pasar el rato y reír.
Y ahora, la pregunta que me atormenta: ¿Huyo de esa persona, o huyo de la versión de mí misma que me obliga a contemplar?
No es que ya no quiero hablarle, ni mucho menos. Es, quizás, miedo a profundizar.